CUIDAR LA SALUD PSICO-ESPIRITUAL EN TIEMPOS DE PANDEMIA

Por Óscar Bórquez López[1]

No cabe duda alguna de que somos testigos de una pandemia nunca antes vista, por lo menos para quienes vivimos en esta época. A nivel mundial, las medidas preventivas u obligatorias de aislamiento social que han tomado varios países, ha traído consigo una serie de efectos impensados y que repercuten  en el  ámbito sanitario, social, económico y psicológico entre otros.

La llegada del COVID-19 ha traído consigo una serie de desajustes y desequilibrios de todo tipo, en donde el aspecto psico-espiritual también se ha visto afectado. Desde que comenzó esta pandemia, creyentes y no creyentes de todo el orbe, como así también nosotros los cristianos, hemos realizado esfuerzos de todo tipo para tratar de comprender a la luz de la fe y la razón, el sentido de la pandemia.

El virus, también nos ha obligado a replegarnos a nivel físico y psicoespiritual.  Hemos tenido que abandonar los templos y reordenar nuestra casa-hogar, para hacer de ella, nuestra pequeña iglesia doméstica, una porción de iglesia que ha tomado una fuerza increíble en este tiempo. Podríamos decir que la figura de “Iglesia doméstica” ha cobrado un mayor sentido, producto del coronavirus. Una iglesia hogar,  que sale de los templos y se encarna en lo que le sucede al mundo.

Ahora bien, durante lo que va de esta pandemia, han quedado y seguirán quedando muchos heridos en el camino: heridos por la cesantía, el hambre, el racismo, la indiferencia, la pérdida de Dios… y la muerte. Es por eso que nos preguntamos ¿Cómo cuidar la salud psico-espiritual en tiempos de pandemia?

Los psicólogos, ante un escenario como el que hemos descrito, son bastante claros para indicarnos que en una situación de este tipo, son muchos los estados por lo que puede transitar nuestra psiquis. Es inevitable no ponerse ansioso ante el panorama incierto que plantea la actual situación sanitaria. El miedo, la desorganización, el enojo, la tristeza, el aburrimiento etc. (por nombrar solo algunos elementos), nos abruman y desintegran. Es por eso que no cabe duda alguna, que la pandemia es un agente estresor, que puede llevarnos hasta la angustia y desesperación total.

Por otra parte, desde la óptica de la fe, nos vemos confrontados con preguntas existenciales que nos llevan a preguntarnos por ejemplo: ¿Qué lugar ocupa Dios en todo esto?, ¿Por qué Dios permite el sufrimiento y la muerte de tantos hermanos?, ¿Qué sentido tiene creer cuando Dios parece no escucharnos? ¿Tiene sentido el dolor? Éstas y otras tantas preguntas vitales transitan y colisionan muchas veces sin respuesta en nuestra cabeza. A continuación proponemos algunos caminos para el cuidado psico-espiritual de cada uno de nosotros.


ALGUNAS CLAVES PARA EL CUIDADO DE LA SALUD PSICO-ESPIRITUAL:

1. Ordena tu Casa; Hogar- Iglesia doméstica:

Por Oscar Borquez [1]

Decíamos anteriormente que la pandemia nos ha obligado a replegarnos a nuestro hogar y que esto ha favorecido el renacer de la iglesia doméstica. La idea de iglesia doméstica, nos puede ayudar a comprender aquella dimensión de nuestro ser que dice relación con nuestra casa, es decir, nuestro hogar, nuestro interior.

Nuestro hogar nos da seguridad, allí somos libres, somos verdaderamente nosotros mismos. El hogar es el espacio sagrado y litúrgico en donde nos reunimos como familia en torno a la mesa para compartir el pan y la vida,  para celebrar, para llorar, para orar, para abrazarnos y contenernos. Es el lugar en donde nos encontramos en comunión plena unos con otros. Pero no obstante eso, el hogar también necesita ordenarse, limpiarse, renovarse, cambiar de lugar los muebles, necesita que entre aire para que purifique y renueve el ambiente.

El hogar también nos ofrece la posibilidad de entrar en nuestra propia habitación, es decir, en aquél lugar que es sólo nuestro, en donde podemos cerrar la puerta para iniciar un viaje a lo más profundo de nuestra intimidad, para encontrarnos con Dios y dialogar a solas con Él: “Cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo” (…) [Mateo 6,6]. La habitación es una hermosa imagen en donde podemos integrar en un diálogo profundo con Dios, aquellas partes disgregadas de nuestro ser producto de la pandemia. Los miedos y preocupaciones las ponemos en manos de Dios, para purificarlas y caminar hacia una integración armoniosa de los diversos elementos que componen nuestra vida.

Nuestro cuerpo, nuestra mente, todo lo que somos, necesitamos llevarlo al hogar, para entrar en nuestra habitación. En el escenario actual, el cuerpo, lo que representa y el sufrimiento experimentado a propósito de la pandemia, también es un lugar que necesita de atención, integración, sanación y liberación: En definitiva, necesita ser llevado a casa, a su morada original. Es tan hermosa esa expresión de Nouwen cuando señala que “el Espíritu de Dios se unió al espíritu humano y el cuerpo humano se convirtió en templo destinado a ser elevado a la intimidad de Dios por medio de la Resurrección. A todo cuerpo humano se le ha dado una nueva esperanza, la de pertenecer eternamente al  Dios que lo creó. Gracias a la encarnación, puedes llevar el cuerpo a tu casa, a tu hogar”[2].

La casa, es el lugar en donde moran nuestros sueños y preocupaciones, es donde aprendemos y absorbemos el andamiaje cultural que nos permitirá a desenvolvernos bien o mal en la vida. En nuestra casa aprendemos en la relación con el otro a gestionar problemas, a reconciliarnos, pero también es la cuna de muchas heridas que nos acompañan en la vida y que ante algún acontecimiento importante, vuelven a abrirse y comienzan a sangrar. La casa es el espacio físico y psicoespiritual, en donde la vida danza, se recrea y transforma en compañía de la familia, los amigos, la comunidad y nosotros mismos.

La pandemia ha abierto algunas heridas, los miedos florecen y muchas veces nos sentimos indefensos, sin herramientas para gestionar nuestras ansiedades y los agentes estresores. Es por eso que a continuación revisaremos algunos sentimientos y emociones que han surgido en este tiempo pandémico y que son necesarios integrar y armonizar, para ordenar nuestra habitación interior:

a. Miedo: Sabemos que el miedo es una emoción básica (primaria señalan algunos psicólogos). Origina conductas de protección que nos permiten defendernos o sobrevivir física y psicológicamente. El miedo ha aparecido como un elemento recurrente desde que se supo del virus en China. Tenemos miedo a contagiarnos o contagiar a otros, a no volver a ver a nuestros seres queridos, a perder el empleo etc. El brote del COVID-19 también nos ha hecho de alguna manera conectarnos, pensar o plantearnos el tema de la muerte. Cuando escuchamos los reportes diarios, es inevitable pensar en que todo el mundo en mayor o menor medida se ve enfrentado a la muerte. Con las actuales cifras de fallecidos, los números comienzan a transformarse en rostros de familiares, amigos o colegas… Eso duele hasta el alma.

Como creyentes, sabemos que la muerte no es el fin de todo, pero la pandemia nos ha golpeado, nos asusta y eso afecta nuestra calidad de vida psicológica y espiritual. En otras palabras, podríamos decir que la situación pandémica nos tiene impactados. <<El tiempo se detuvo. El presente, el pasado y el futuro parecen fijarse en un bloque interminable. Te sientes amenazado y presionado por un peligro desconocido y misterioso. Te acurrucas para protegerte de lo incontrolable. Tus músculos se tensan y se vuelven insensibles: ya no sientes nada, ni placer, ni pena, ni alegría, ni frustración. Tu fina inteligencia parece ya no captar lo real. Tu memoria te juega malas pasadas. Te sorprendes preguntando por tercera vez: “¿Hoy es martes?”. Los más simples gestos cotidianos te demandan y te llevan a un tiempo loco. Tu percepción cubre lo real con un velo misterioso. Respóndete a ti mismo que, en tu situación, estas reacciones son normales. El impacto tiene como función insensibilizar tu organismo, para permitirte movilizar tus recursos[3]>>. En un escenario como el que estamos viviendo, el miedo podría llevarnos a algunos problemas psicológicos como por ejemplo, angustia, estrés, ansiedad, fobia social, ataques de pánico etc. Una herramienta importante en una situación de miedo, angustia o tristeza, es conversar con alguien la situación que está viviendo. La comunicación, el diálogo, conversar con una persona de confianza sobre lo que vivimos, es un factor importante

ante cualquier crisis o dificultad por la que estemos atravesando “Sin consejo no hagas nada, y no te arrepentirás de tus acciones” ([Si 32,19].

 Por otra parte, hemos sido testigos que los noticieros, matinales y redes sociales, durante todo el día nos bombardean con imágenes e informaciones que nos desequilibran y finalmente terminan haciéndonos mal, estresándonos. En este punto, se recomienda ver noticias en un horario establecido y no a cada momento. El uso excesivo de las redes sociales también pueden producir algún tipo de alteración emocional, cognitiva o incluso conductual. Es importante tener el control sobre ellas, porque el celular como puerta al mundo de las redes sociales,  puede ser una herramienta contraproducente y que altera la cotidianeidad de la vida

A partir de todo lo que hemos señalado, creo que es primordial,  hacer algún tipo de actividad que nos saque del foco estresor, para generar una conexión creativa que nos permita relajarnos y “entrar en nuestra habitación”, para atrevernos  por ejemplo a  pintar, leer o preparar un espacio litúrgico que nos conecte con Dios y así rezar y meditar (Una vela, biblia, imagen de Jesús, un bonito aguayo etc.).

Finalmente, pienso que es interesante aproximarse a los miedos con un corazón orante, para reconocerlos, para dialogar con ellos, buscando la ayuda necesaria para objetivar lo que sucede en la mente el corazón y la fe. Un ejercicio muy práctico, es escribir lo que va sucediendo con el miedo, determinar en dónde está presente con más fuerza, para que esa experiencia podamos compartirla con quien nos inspire confianza. Más adelante veremos que la ayuda de un acompañante puede ser interesante en este tipo de situaciones en particular, es decir, a propósito de la pandemia, pero también como una relación de ayuda sistemática, metódica y profunda, la cual puede favorecer en cada persona una un espacio para la vida espiritual.

b. Enojo y violencia:

Los enojos y la violencia (principalmente en el hogar) son sentimiento y reacciones que se han acentuado con la crisis sanitaria y que son muy marcados en tiempo de confinamiento obligatorio como la cuarentena. Para muchos este tiempo ha sido una hermosa oportunidad para reencontrarse y pasar más tiempo juntos. Pero por otra parte, paradójicamente, son muchas las familias que se han visto sobrepasadas por el hecho de encontrarse a cada momento en el hogar. Lo anterior se explica porque muchas casas son muy pequeñas, se pasa más tiempo en ella producto del confinamiento, la cesantía, el tele trabajo, y la mayoría de las veces, las personas conviven en condiciones de hacinamiento y pobreza.

Es normal enojarse, incluso podríamos decir que el enojo “es una emoción sana, que surge en el momento de una profunda decepción o frustración. Sirve para defender  nuestro territorio, para eliminar una amenaza o aun para rechazar a un agresor. Puedes experimentar un enojo legítimo tras un error cometido por un médico, un insulto o una falta de consideración de parte de los tuyos. Existen también enojos de naturaleza más subjetiva. La noticia de tu grave enfermedad crea en ti el sentimiento de un peligro inminente[4] (…)”. Pero cuando el enojo traspasa los límites de la cordura y se transforma en violencia, eso no está bien. En este caso se debe hacer la denuncia respectiva ante las autoridades competentes.

Para evitar el enojo, el aburrimiento, la sensación de hastío o aburrimiento, también hay que echar a volar la imaginación y pedir a Dios el don de la creatividad, especialmente cuando se convive con niños, personas adultas o de la tercera edad. Recuerdo que cuando estuvimos en cuarentena, tuvimos que ser muy creativos con mi esposa para tratar de lograr una tranquilidad emocional y psicológica con nuestros tres hijos. Fue así como creamos rutinas, nos dimos un espacio para rezar juntos y recoger la vida, para cocinar comunitariamente, para chequear por medio de preguntas muy simples cómo estaban viviendo la cuarentena y la pandemia, pero sobre todo para jugar. En este punto  me saco el sombrero y hago un reconocimiento especial a mi esposa, porque realmente fue muy creativa y tuvo la capacidad de reconocer y descubrir las habilidades y talentos de cada hijo (a) para que pudiesen expresarlos.

c. Desorganización: Con la pandemia, pero particularmente con el confinamiento, en muchas personas y familias se ha tendido a la desorganización. Se han extraviado las rutinas establecidas y existe una sensación de pérdida de control sobre lo que teníamos programado. Generalmente el trabajo y la escuela marcan una rutina en nuestras vidas. Es por eso que se aconseja que aunque no se vaya al trabajo o se esté laborando a distancia (tele trabajo) siempre se mantengan rutinas, como por ejemplo, quitarse el pijama, ducharse, organizar el tiempo de trabajo o estudio, el tiempo para la oración, la recreación y el sano ocio.

d. Aburrimiento: El aburrimiento es un elemento muy característico en el tiempo de pandemia. También se asocia con la pérdida de control sobre lo programado o de la rutina implantada. Es fundamental reconocer que la pandemia ha roto nuestros esquemas, ha afectado nuestros estados emocionales y que a muchos les sucede que se encuentran en nuestra misma situación de aburrimiento. Somos personas eminentemente sociales, rutinarios y nos gusta tener todo bajo control. ¿Cómo encontrar entonces sentido a la nueva “rutina” del aburrimiento? Lo importante es aceptar creativamente que la pandemia también puede ser una posibilidad y una oportunidad para romper esquemas,  para crear un espacio en la vida para aprender cosas nuevas, para a ser flexibles y encontrar sentido a la rutina del aburrimiento. Es muy recomendable proponerse aprender algo en línea, explorar en el arte, la jardinería, carpintería, leer el libro que nunca terminé, vaciar el closet, efectuar el arreglo de la casa que está pendiente desde hace tiempo, hacer ejercicios etc. Para combatir el aburrimiento, es importante tomar conciencia de las cosas que nos motivan y nos movilizan en la vida. No olvidemos que la motivación surge de nuestro interior.

2. Lectura psico-espiritual de la Sagrada Escritura:

Otra herramienta posible para lograr un adecuado cuidado de la salud psico-espiritual, la encontramos en la interpretación psicológica y espiritual que podemos descubrir en las sagradas escrituras, todo esto, ayudado por la psicología profunda, desarrollada por autores como Drewermann, María Kassel y otros más. En este punto es primordial consignar que la psicología profunda es una herramienta que sólo cobrará sentido en cuanto nos ayude a un encuentro profundo y sanador con Jesús. En palabras de Grün podríamos expresar que “considero que una interpretación desde el nivel de la psicología profunda no llega al sentido pleno del texto si no me lleva a un encuentro más profundo con Jesucristo, si no me señala las condiciones o pasos psicológicos previos para verme como hombre en mi totalidad en cuanto a ser con alma y cuerpo, y si una vez considerado así no me enseña también cómo puedo acercarme a Jesús y por medio de él introducirme con el Padre, cómo puede finalmente Jesús transformar y curar no sólo mis pensamientos conscientes sino también los incoscientes[5].

En relación con lo hasta aquí expuesto, en los evangelios por ejemplo, podemos descubrir la dimensión transformadora que nos otorgan los relatos de Jesús referidos a los procesos de sanación. Es interesante poner atención a las palabras, gestos, acciones de Jesús y preguntarnos por ejemplo ¿Cómo se produce el proceso de sanación? ¿Qué elementos entran en juego? ¿Cómo reacciona el sanado? ¿Cuáles son mis heridas, mis parálisis, mis agobios, muertes, cegueras etc.? ¿Cuál es el sentido de mi dolor? ¿Quiero desprenderme del dolor y sanar, o prefiero seguir sumergido en el?

Ante el tema del dolor  o el sin sentido de este, una tentación para quien padece algún sufrimiento, es la de dejarse consumir por el dolor, paralizarse y optar por la postración como estilo de vida.

Veamos un par de ejemplos:

En este punto nos ilumina la escena narrada en el Evangelio de Juan (Jn. 5, 1-9), en donde un hombre que yacía postrado desde hace 38 años, es invitado por Jesús a tomar su camilla y con ella toda su vida para ponerse a caminar. Jesús le pregunta al paralítico ¿Quieres curarte? (Jn 5, 6). Con esta interrogación confronta al enfermo con sus deseos y anhelos más profundos, lo invita a entrar en su propio dolor, para mirar y asumir su historia. A Jesús le interesa saber qué tan dispuesto está el enfermo para curarse. Luego de escucharlo, el Señor le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda.» (Jn 5, 8) Jesús no lo levanta, lo anima a que él mismo lo haga, con ello, es la misma persona quien se hacer cargo de su proceso de sanación y transformación.

El hecho de que Jesús no levante al enfermo de su camilla, no significa que lo deja a su suerte, o que no sienta un interés verdadero por el enfermo. Jesucristo se involucra con la persona, no lo abandona, por el contrario, se hace acompañante y es quien finalmente le devuelve la salud.

Obviamente el proceso de curación del enfermo no fue de un momento a otro. Se dio en un tiempo más largo, ya que entre Jesús y el enfermo se tuvo que haber producido una vinculación mayor, es decir, podríamos hablar de una  relación de ayuda y acompañamiento de Jesús hacia el enfermo. Jesús no impone la salud, no se jacta sanando a diestra y siniestra. Se preocupa por la persona, pero pregunta si está dispuesta a iniciar un camino con él. Jesús es el pastor atento, interesado por el otro, pero respetuoso del que está en una situación de necesidad, como el caso del ciego de Jericó sentado junto al camino (Lc 18, 35-43). Jesús se compadece del ciego que insistentemente pide compasión. Jesús lo manda a llamar y le pregunta “¿Qué quieres que haga por tí? Un hermoso cuadro en donde se realiza un proceso de aprendizaje para asumir el dolor, es el que nos muestra Grün (2006)[6]. En él se refiere al tradicional relato lucano de los Peregrinos de Emaús, afirma que “Todos ellos habían depositado su esperanza en Jesús; pero esta esperanza, evidentemente, fue quebrada. Ahora experimentan un profundo sinsentido: Ya no saben en qué depositar su esperanza. Entonces Jesús les indica su propio camino. Su camino responde a lo que los profetas habían dicho de Él. Su camino es, por lo tanto, acorde a las Escrituras. Y coloca en sus manos una llave que les abrirá el sentido de su sufrimiento: “¿No debía padecer todo esto el Mesías para entrar en su Gloria?” (Lc 24, 26).

El relato de los peregrinos Emaús, ilumina la experiencia humana del sufrimiento, el dolor y el sin sentido de la vida. Los peregrinos viven el absurdo, descienden a la profundidad de su propio ser y no encuentran el camino de regreso a la existencia plena. Para que ellos llegaran a comprender su propia experiencia, tuvieron que seguir con aquél “desconocido” un itinerario, el que, paulatinamente, les devolvería la esperanza y les permitiría encontrar el sentido a su sufrimiento.

Jesús se hace el encontradizo y se transforma en teólogo y acompañante. Con su experiencia pascual, que poco a poco les va revelando, permite que los peregrinos se introduzcan en el misterio de su propia pascua, haciendo un paralelo de su experiencia, con la de Jesucristo. En otras palabras podemos decir que los discípulos de Emaús entienden la Pascua de Jesús cuando pasan ellos mismos desde la frustración y la muerte a ser testigos de la resurrección.

Los peregrinos, después de esa experiencia de encuentro con Jesucristo, regresan transformados a Jerusalén. El acompañamiento de Jesús animó la fe de estos hombres y reorganizó la experiencia terrible del sufrimiento, dándoles un nuevo sentido, al sin sentido de sus vidas.

Como hemos visto, el ejercicio de leer por ejemplo los relatos de sanación de Jesús, o en donde Él mismo ilumina el camino de los peregrinos y los acompaña en la elaboración de su dolor, nos introducen en una recomprensión de las penas, las frustraciones y tantas otros sentimientos y heridas que inquietan el corazón y la psiquis. Es así como en la Sagrada Escritura, en los diversos relatos bíblicos, encontramos un horizonte nuevo para el reordenamiento de nuestro hogar, de nuestra morada, en donde tomamos conciencia de nuestras posibilidades y en el encuentro profundo con Jesús se produce la sanación de nuestros pensamientos conscientes e inconscientes. No me cabe duda alguna que después de nuestra propia pasión y muerte, nos encontraremos con la resurrección de todo nuestro ser.

3. El  acompañamiento psicoespiritual como propuesta para una relación de ayuda sistemática:

Decíamos anteriormente que el diálogo, conversar con alguien de confianza sobre lo que vivimos, es un factor importante ante cualquier crisis o dificultad por la que estemos atravesando. “Busca el consejo de los prudentes y no desprecies ningún aviso saludable” [Tb 4,18].

Ahora bien, cuando una persona busca ayuda, lo hace por diversos motivos o circunstancias. Es por eso que podríamos decir que existen diversos tipos o relación de ayuda. Algunos acuden a alguien porque necesitan un consejo o una orientación puntual. Otros en cambio, necesitan de un proceso más largo, porque están en un camino de búsqueda, quieren responder a preguntas vitales. También se da el caso de que no todos los que buscan ayuda quieren crecer, es decir, no siempre hay una búsqueda auténtica. Las relaciones de ayuda pueden darse en la familia, en el trabajo, en una comunidad religiosa, en un ambiente educativo, etc.

Lo fundamental en una relación de ayuda sistemática, es atrevernos y disponernos para acudir a alguien, debido a que necesitamos contención y apoyo. Emocionalmente necesitamos ser sostenidos, porque solos no podemos con lo que nos sucede. Es por eso que un camino posible para cultivar una relación de ayuda sistemática, es el acompañamiento psicoespiritual. A continuación, trataremos de explicar lo que entendemos por este tipo de ayuda.

¿Qué es el acompañamiento Psico-espiritual?

Cuando hablamos de acompañamiento Psicoespiritual, tenemos que situarnos desde lo que la tradición cristiana entiende como Dirección espiritual. El objetivo principal es ayudar de forma asimétrica, en la búsqueda de Dios y la unión plena con Él. Esta búsqueda es efectuada en los primeros tiempos de la Iglesia, durante la época del denominado monacato cristiano primitivo (siglos IV a VI). En ese tiempo, los jóvenes monjes, tenían la obligación de buscar a un maestro espiritual para que los acompañara. El maestro debía ser exigente, enérgico, a él se le debía obediencia absoluta.

Al maestro se le compartía toda la vida interior, en donde se prestaba especial atención a los sentimientos y pensamientos, es decir, a las mociones o impulsos internos, entendidos como aquellos sentimientos que aparecen irreflexivamente, en contraposición a los pensamientos reflexivos. Es conveniente señalar que la práctica del acompañamiento espiritual, desde un punto de vista histórico, se sitúa en un horizonte muy amplio, es por eso que, más que hablar de acompañamiento espiritual, es mejor referirse a las distintas tradiciones o escuelas de acompañamiento, que han existido desde los primeros tiempos del cristianismo, desde donde recogemos ese depósito espiritual, para actualizarlo según la realidad y necesidades de nuestros días.

En la actualidad, existe una tendencia a hablar de acompañamiento espiritual, nosotros lo entendemos como una relación interpersonal entre el acompañante y acompañado, en donde se efectúa un proceso o itinerario de transformación de la vida interior y  que tiene como fin, ir creciendo en la fe, para vivir una vida en el Espíritu. Este proceso es acompañado por alguien que camina junto al otro, dialogando, ayudando a discernir, reflejando su proceso de desarrollo espiritual, confrontando, sugiriendo caminos para seguir buscando a Dios, para responder de mejor manera a su llamado.

Cuando nos referimos específicamente al acompañamiento psicoespiritual, estamos hablando de la integración de elementos psicológicos y espirituales en el acompañante, buscando un diálogo entre ambas ciencias, para contribuir a la auténtica liberación de la persona humana, de aquello que le impide vivir en una sana armonía consigo mismo, los demás y su entorno. La fe, entendida como la razón creyente que busca comprender el misterio de Dios, del hombre y de la vida, recoge algunas herramientas de la psicología, en vistas a la conformación de una vida cristiana madura, que acoja el llamado de Dios responsablemente, cultivando la capacidad de discernir  a la luz del Espíritu, lo que en nuestra vida, nos conduce o no, hacia el Padre.

El discernimiento, el dejar a Dios que tome la iniciativa, dejarse convertir por el evangelio, la oración y el vivir insertos en el mundo, pero desde la propuesta liberadora de Jesucristo, que nos invita a asumir el reino de Dios en nuestras vidas, son algunos de los caminos, que nos permiten vivir integradamente nuestra fe.

De igual forma, a partir de lo anterior, resulta significativo que quienes acompañan, comprendan que deben considerar (entre otros elementos) las motivaciones profundas de la persona humana. Decimos esto porque “las motivaciones son la base de la vida humana y el impulso para la acción. Es decisivo que cada persona conozca lo que realmente le mueve en la vida para poder ver qué hay que purificar e integrar adecuadamente en el conjunto de la personalidad. A ello llegamos si vamos armonizando elementos que parecen contrarios, y de cuya síntesis depende la maduración personal; nos referimos a los siguientes: “estima personal / autocrítica, pulsiones (agresividad / libido) / relaciones de cooperación, inmediatez en la satisfacción (ansiedad) / aplazamiento de metas (integrar la frustración), emotivismo (no hay objetividad) / capacidad de objetivar lo que se siente, falsa seguridad (no enfrentarse a los conflictos), autenticidad (tomar la vida en serio) / mentira  (no asumir la vida como tarea), se impone el ambiente (no dirige la vida) / se busca el sentido a la vida, individualismo (ausencia de relaciones significativas) / vida de grupo desde las ideas, creencias y compromisos . Si los valores no se entroncan en los deseos y los potencian, terminan siendo ideología moralizante; y si los interese vitales no tienen la motivación de los valores pueden terminar en comportamientos egoístas y deshumanizadores[7].

A modo de conclusión:

En una crisis como la que vivimos actualmente, tenemos que ser capaces de poner en contexto lo que sentimos para reconocer las emociones que afloran en situaciones límites y de esta manera, obtener las herramientas pertinentes para gestionar nuestras crisis y caminar hacia la transformación y ordenamiento de nuestro hogar, animados por todos con quienes convivimos en nuestra iglesia doméstica y el mundo, en este escenario pandémico.

De la misma forma, nuestro esfuerzo debe centrarse en entrar a  nuestra habitación para ser capaces de reconocer ese espacio sagrado que es nuestra psiquis y dialogar con nuestros sentimientos, con el miedo, el enojo, el aburrimiento, para buscar la manera de encontrar el sentido a la desorganización producto de la contingencia que azota al mundo.

La crisis por la que atraviesa la humanidad puede ser una oportunidad para ser mejores personas, para valorar la vida, para preocuparnos por aquellos que hemos dejado de lado en nuestras familias, en el trabajo, en la comunidad, en la iglesia, en nuestro propio hogar. No dejemos de telefonear a ese familiar que está más alejado de nosotros, al que está solo o enojado conmigo.  Además de lo anterior, desde una mirada integral, podríamos decir que nuestra gran casa, es decir, el mundo, también necesita de nosotros. Debemos tomar conciencia del respeto y cuidado que le debemos. A quienes gozamos de la naturaleza, el mar, las montañas, el campo, el hecho de no poder salir y disfrutar de la creación con plena libertad, nos ha permitido valorar y extrañar el contacto profundo con ella. Por otra parte, es increíble pensar que en los lugares en donde hubo un confinamiento total, la vida silvestre volvió a resurgir, ocupando espacios impensados, aquellos usurpados por el hombre.

Además de lo anterior, desde una mirada integral, podríamos decir que nuestra gran casa, es decir, el mundo, también necesita de nosotros. Debemos tomar conciencia del respeto y cuidado que le debemos. A quienes gozamos de la naturaleza, el mar, las montañas, el campo, el hecho de no poder salir y disfrutar de la creación con plena libertad, nos ha permitido valorar y extrañar el contacto profundo con ella. Por otra parte, es increíble pensar que en los lugares en donde hubo un confinamiento total, la vida silvestre volvió a resurgir, ocupando espacios impensados, aquellos usurpados por el hombre

La pandemia en algún momento pasará. Por ahora, es necesario integrar nuestra vida psicológica y espiritual, para que como iglesia doméstica, podamos sanar nuestras heridas de la psiquis y el alma, contribuyendo a proclamar con más fuerza la solidaridad universal con los más pobres y oprimidos, sanando sus heridas e injusticias materiales y psicoespirituales. Es aquí en donde como cristianos, el mismo Jesús nos desafiará a darlo todo, porque son muchos los que todo lo han perdido en la pandemia

[1] Director del Colegio Niño Jesús – Lota; Magister en Acompañamiento Psico-espiritual Universidad Alberto Hurtado; Magíster en Innovación Curricular y Evaluación Universidad de Desarrollo; Bachiller y Licenciado en Ciencias Religiosas Pontificia Universidad Católica de Chile; Profesor de Religión y Moral Pontificia Universidad Católica de Chile.

[2] Henri J. M. Nouwen. “La voz interior del amor. Desde la angustia a la libertad”. Ediciones PPC, España, 2000. P 33 – 34.

[3] Jean Mounbour Quette. Denise Lussier-Russell. El tiempo precioso del final. Elaborar el propio duelo. Editorial Bonum. Argentina, 2005. P. 23-24.

[4] Cfr. Ibídem. P. 49-50.

[5] Anselm Grúm. Evangelio y psicología profunda”. Narcea S.A. De Ediciones. Madrid, 2003. P. 17.

[6] “¿Por qué a mí?” El misterio del dolor y la justicia de Dios. Anselm Grün. Buenos Aires. Ediciones San Pablo. Coeditan: Ediciones Ágape, Bonum, Guadalupe, Lumen. 2003. Pp. 43 -45.

[7] J. Sastre. El acompañamiento Espiritual. Ediciones San Pablo. 1994. P. 47-48.

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