JUEVES SANTO

“Tomen y coman, esto es mi cuerpo… Ésta es mi sangre”

Evangelio de Marcos 14, 22-25

Mientras comían, Jesús tomó en sus manos el pan y, habiendo pronunciado la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: —Tomen, esto es mi cuerpo. Luego tomó en sus manos una copa y, habiendo dado gracias a Dios, se la pasó a ellos, y todos bebieron. Les dijo: —Esto es mi sangre, con la que se confirma la alianza, sangre que es derramada en favor de muchos. Les aseguro que no volveré a beber del producto de la vid, hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios.

REFLEXIÓN

Si alguna vez Jesús pensó en hacer un regalo de despedida a sus discípulos, algo que les quedase como testimonio vivo de su presencia, de su modo de hacer, de sus palabras, de lo que Él había querido ser siempre: imagen del Dios Padre que es amor incondicional para todas sus criaturas, no se le habría ocurrido mejor regalo que aquella cena de despedida con sus discípulos y aquellas palabras que dijo después de bendecir el pan y el vino que compartieron: “Haced esto en memoria mía”.

      En estos días en que hacemos memoria de aquellos últimos momentos, tan dramáticos, de Jesús en nuestro mundo, antes de ser ajusticiado, brilla esta celebración del Jueves Santo: la institución de la Eucaristía, la misa. El centro de la vida cristiana, la imagen mejor de lo que fue Jesús para sus discípulos y de lo que es hoy para nosotros. El signo de la entrega del que da la vida por sus hermanos. La celebración en que nos topamos de frente con el amor de Dios hecho pan y vino que se entrega para darnos la vida. La celebración del amor fraterno. La mejor imagen del Reino de Dios, todos sus hijos e hijas sentados alrededor de una mesa compartiendo el pan de vida y escuchando la palabra del que da sentido a nuestras vidas y a nuestro caminar.

      Todo esto y mucho más es la celebración de la Eucaristía. Es el momento de la consagración y de la comunión, pero también es ese signo tan poderoso de Jesús que lava los pies a los discípulos, mostrándonos de una forma tan práctica que el amor es servicio humilde lleno de cariño y cuidado, que en el reino no hay arriba y abajo sino igualdad y fraternidad. Y que el de arriba está para servir y no para ser servido[1].

      La Eucaristía es acción de gracias porque reconocemos en ella que todo lo hemos recibido de regalo. Desde la vida hasta los hermanos. En la Eucaristía se transparenta ya la celebración de la resurrección porque sin ella no tendría sentido y no sería más que un rito vacío. La Eucaristía abre nuestra humanidad al mundo, abre nuestra carne a la de nuestros hermanos y hermanas y nos hace conscientes de que no somos más que una carne, una familia, y que Dios es nuestro Padre. Y, en medio, presidiendo nuestra celebración, nuestro hermano mayor, Jesús que nos repite una y otra vez: “Haced esto en memoria mía.”

Fernando Torres, cmf.


Oremos…

Jesús Eucaristía, centro de toda mi existencia

Que mi primer pensamiento al despertarme vaya

hacia Ti y te salude en tu Sagrario.

Que mis ocupaciones, deberes de estado y

Aún lo menores movimientos de todo el día

se vean vivificados por esta fuerza misteriosa

Y eficaz que brota de esta Hostia Santa.

Para ti quiero vivir

unir mi existencia a tu oblación amorosa

en ti quiero vivir, y ofrecerme constantemente

bajo la Acción del Espíritu Santo, en tu unión,

como una alabanza al Padre de los cielos.

Jesús Eucaristía, quiero vivir mi existencia

contigo en una unión indestructible, en

una donación mutua de amor generoso, de

entrega sin condiciones, en una unión de

afectos, anhelos y esperanzas.

Que por ti trabaje hasta agotar mis fuerzas

Que por ti me esfuerce en secundar en mi

alma la acción transformante del Espíritu

Santo. Que por ti me afane en ser delicado

En el cumplimiento, en mi vida de la voluntad

Del amadísimo Padre.

Y cuando el momento del descanso llegue, sea para ti, Jesús Eucaristía

mi último pensamiento.

(Anónimo)

PADRE NUESTRO

Padre Nuestro, que estás…